Italia es Italia
Llegué a la Toscana y mis ojos no bastaban.
Vi todos los verdes posibles,
vi árboles alados, ascendentes,
distintos a todo lo que había visto en el mundo.
Y supe —sin saber cómo lo supe—
que estaba en un lugar sagrado.

El verde me habló.
El verde me abrazó.
El verde me dijo:
aquí está la esperanza.

Paseaba mirando hacia arriba,
como quien busca respuestas en el cielo.
Los árboles eran faros, eran columnas vivas
que sostenían algo invisible.
Y yo, pequeño, caminaba entre ellos
como un antiguo peregrino sin mapa.

El cielo estaba abierto
como si la libertad bajara en forma de luz.
Y en la noche, las estrellas —esas viejas compañeras—
alumbraban no sólo la oscuridad,
sino los caminos del alma,
los rumbos que no se ven,
los que se sienten.

Sentí el legado.
Mil años. Dos mil. Seis mil.
Todavía vivo ahí:
en la arena compactada,
en la piedra que guarda rezos,
en las iglesias que aún respiran,
en los castillos que han visto el tiempo pasar
sin perder la dignidad.

Sentí la historia dormida en las bodegas,
en el susurro del vino,
en el aceite que nace del olivo,
en la uva que se ofrece al sol.

En las pastas, que evoca Italia.

Sentí que caminaba dentro de algo eterno.
Que mi cuerpo estaba ahí…
pero mi alma había estado siempre.

Italia me dijo algo.
No con palabras.
Con esencia.
Con presencia.
Y entonces entendí a mi amigo cuando decía:
Italia es Italia.

No lo comprendía cuando comía sus platos,
cuando probaba sus vinos,
cuando tocaba sus muros antiguos.
No lo entendía.
Hasta que lo viví.

Y algo se encendió.
Una llama.
Una luz enorme dentro de mí
que no se ha apagado desde entonces.
Una fuerza serena que me sostiene.
Un éxtasis quieto.
Una alegría que no se grita,
pero que lo llena todo.

Y en medio de esa belleza visible,
sentí algo invisible:
la presencia y la ausencia.
La nada y el todo.
Lo inmenso y lo mínimo.
El infinito contenido en una hoja de vid.
Dios, presente en todo
y ausente de todo nombre.

No lo vi, pero lo vi.
No lo toqué, pero me atravesó.
Y no me pidió nada.
Sólo que sintiera.
Y sentí.

Sentí que era parte de todo
y a la vez, nada.
Sentí que había vivido mil vidas
en ese instante suspendido.
Como si el tiempo y el espacio se disolvieran,
y yo quedara…
solo con lo sagrado.

Me quedé muchas veces en silencio.
Quise escribir.
Quise hablar.
Pero no pude.

Porque cuando el alma toca lo eterno,
las palabras se achican,
y solo queda el asombro.
Y la gratitud.
Y el fuego.
El fuego que arde sin quemar,
y transforma sin ruido.

Eso fue lo que me ocurrió en Italia.
Eso es lo que aún me ocurre cuando cierro los ojos
y vuelvo a la Toscana,
a ese lugar donde sentí a Dios
en la brisa, en la piedra, en la luz,
en mí.

ERS. Italia. Marzo 2025.